Relatos

Por Darío Asensio (F. D. G. G.)


Credibilidad



 

Felipe, junto con su esposa Marta y sus hijos Sara y Miguel entraron al despacho, allí encontraron al resto de la familia: Juan, hermano de Felipe, Susana, hermana de estos, y Pedro, hermano del testador. El notario acababa de leer todos los requisitos pertinentes, jurídicos y administrativos, sin embargo esto trajo sin cuidado a los asistentes, lo importante quedaba por venir. El notario procedió a abrir el sobre del testamento, extrajo unos papeles, una carta sellada con cera y una nota. Dicha nota decía que antes de leer los papeles de la herencia se debía leer la carta.

Lo que se presenta a continuación es la reescritura de esa carta tal y como me la presentó Felipe. No se ha eliminado ni superpuesto nada, se trata de una presentación objetiva, solamente espero que reserven algún espacio en alguna columna de su prestigioso periódico para este asunto.

La carta decía así:

 

Queridos hijos, querido hermano, pedí que no leyeran esos papelajos legales antes que esta carta porque tengo que confesaros una cosa a todos: Yo, Antonio González de Narcea, nunca quise ni a Luna, vuestra madre, me casé con ella por compromiso, como se hacía antes. De todos modos, mi amor auténtico era imposible y os contaré por qué, no para aburriros, sino porque es una parte muy importante del testamento.

Siendo yo mozo me sucedió una cosa extraordinaria. Todos sabéis que antes de irme a la capital a estudiar veterinaria trabajé en un hotel de carretera en la Nacional II, era uno de los primeros en mi tierra y estaba orgulloso de ello. En época de vacaciones, antes de ir al trabajo, me gustaba ir a admirar nuestros bosques de los contornos, a mi no me gustaba ir a los guateques. Un día, al riscar el alba, me levanté y fui hacia el oeste. Anduve varias horas, siempre mirando al Gamonal, y me topé con una muria que debía ser antiquísima. Estaba medio caída y tenía un cartel tumbado que no leí. Salté la muria y anduve un trecho hasta llegar a un cueto, lo subí y encontré un manantial. Los árboles del bosque construían una bóveda sobre la fuente, la cual hacía una especie de refaxu, luego, el hilo de agua se perdía hacia el sur, supongo que sería un pequeño afluente del Trubia. Bajé a ese lugar tan bonito y empecé a beber la mejor agua que probé en mi vida cuando, por un instante vi un reflejo, levanté la mirada y me pareció ver una silueta blanca ocultarse en el follaje. Salté el lecho y en el lugar en el que creí haber visto la silueta encontré un conejo que tenía clavado un pedazo de alambre en el cuarto trasero derecho, uno de esos pedazos que se desprende cuando una trampa no se pone bien. El pobrecito estaba cansado y se estaba desangrando, así que se lo quité con sumo cuidado.

Cojo y asustado se fue. Ese día hacía mucho calor, así que me bañé en la cascada que creaba la fuente. Luego me fui a casa para comer e ir al trabajo.

Entrada la tarde, como todos los días, el sol se veía a través de la ventana que estaba junto a la puerta de la recepción del hotel, y eso era muy molesto porque no veía la cara de los clientes hasta que los tenía frente a mí. Al rato, se abrió la puerta y apareció una silueta blanca. La saludé, y la dije que entrara. Una preciosa morena bajita entró. Era muy delgada, era bellísima, y sus rasgados ojos azul cristalino me maravillaron, me quedé estelau. Ella me miró a los ojos a través de sus largas melenas y me encantó. Nunca olvidaré su carita. No pude evitarlo, me levanté y la besé en sus tiernos labios. Ella sonrió y me dijo:

Si quieres volver a verme no me busques durante un año.”

 

Cerré os ojos en el siguiente beso y al abrirlos ya no la encontré.

Siempre fui muy olvidadizo y creí ver en el calendario el día cinco, azares de la vida.

Un año pasó entre dudas y remordimientos, pues en lo más profundo de mi corazón sabía que ella vivía en la fuente, aunque trataba de no pensar en ello y de no creerlo.

El día cinco fue domingo y no trabajaba. Era ya boca de noche cuando me encaminé a la fuente. Madre me preguntó dónde iba y yo le contesté que en busca de anzuela. La luna llena en mi tierra es más grande y más bonita que en la capital, y esa noche me ayudó en mi viaje. Llegué a la muria cuando el cielo empezaba a ponerse rojo, subí el cueto y oí una hermosa voz cantar, era tan dulce como el trino de los pájaros y tan pura como el agua. Me acerqué y vi a mi dama. Vestía la misma túnica blanca y se estaba peinando con un cepillo dorado sus largos cabellos negros. Bajé con sigilo y llegué a su espalda, la toqué el hombro y ella se volvió con rapidez, me miró y gritó:

 

¡ Noooo! No me has desencantado, no era hoy.”

 

Yo le pedí perdón de rodillas, pero ella lloró y lloró con las manos tapando su bonita cara. Al cabo de un rato me dijo que yo ya no podía desencantarla, pero que aún podía hacerme rico si acertaba a elegir el objeto correcto. Abrió sus manos y puso en el suelo unos cadejos, unas tijeras y un peine, todos ellos de oro. Yo le dije:

 

Si no fui capaz de conservarte no merezco riquezas. Yo solamente te quiero a ti”.

 

La besé la mano y me fui. No volví nunca más a ese lugar, y poco después me mudé a la capital. Lo único que la tomé fue una azucena blanca, la misma azucena seca que pedí que se enterrara conmigo y que tantos años guardé en mi bolsillo.

Os conté todo esto porque es necesario que lo sepáis para comprender el testamento. Ya os anticipo que pedí como requisito que el que quiera la mitad de mis tierras deberá ir a la fuente y desencantar a mi dama morena, así el destino decidirá quien es el familiar que más me quiso y creyó.

Firmado:

Antonio González de Narcea.”

 

El único comentario que se escuchó entre los asistente fue: “Pobre hombre, tan joven y ya chocheaba.”

Después de la carta se procedió a la lectura del testamento, que corroboró lo dicho. La mitad de la hacienda de Antonio González de Narcea fue donada a una asociación benéfica, ya que ningún familiar buscó el lugar de los hechos por considerarlo una locura. Yo mismo fui al sitio y no hallé nada, lo único que encontré fue un cartel caído junto a un muro en el que se leía la siguiente inscripción:

 

CUIDADU CON LA XANA”

 
































 

 

leucocitemia


 

Querida Lucía:

 

Te envío esta carta con la intención de que me entregues personalmente este relato en el concurso literario A. Miró. No busco el dinero, tan solo su publicación. No lo envío por los canales normales porque no podría confiar en que llegara a su destino. Por favor, no me preguntes cómo he podido variar tanto mi estilo y mis tendencias.

 

El que nunca te olvidará:

Inocencio González Grueso

 

Me sentí enfermar, no había cura para mi mal, y yo, inocente de mí, lo achaqué al alcohol, o al tabaco, o a mis alergias. Abrí los ojos por primera vez y todo me recordó a un estadio anterior de mi vida, todo era oscuro y cálido, de un negror ponzoñoso que hirió mis pupilas. El flexo apenas iluminaba el cuarto. Las sombras se cernían sobre mí cobrando vida, creando extraños juegos tenebrosos y aterrando mis sentidos. Cerré los párpados e hice memoria de los sucesos del día, ... o tal vez del sueño ...

Había amanecido un día gris. Las nubes encapotaban el cielo y sin embargo persistían en no descargar agua sobre la polución de Madrid. Rememoré salir temprano de mi casa, o la casa de mis padres. ¡ Cuan deprimente es verse en la necesidad de la ayuda de los padres a los 25 años! Ser un licenciado que acaba un máster: última esperanza de un trabajo mal remunerado para el que has dedicado toda tu vidaacadémica, y ver que lo único que consigues es un puesto de teleoperador donde el cliente es realmente quien tiene la razón, y sin embargo se te ordena ser un autómata al servicio de una gran empresa.

Cuando logré subir al Metro, a la segunda tentativa, puesto que gentes venidas de mi espalda empujaron insistentemente para entrar en el vagón que les llevaría a su destino, vi cómo un hombre, disimuladamente, acercaba su cintura a la de una jovencita recién entrada en la pubertad. No obstante, acostumbrado a estos dibujos sociales me preocupé más por elatosigamiento al que me tienen sometido todos los días. Un hombre encendió un cigarrillo, nadie le comentó que estaba prohibido temerosos de que se enojara y sacara la automática que se le adivinaba en un costado. Llegué a mi estación y con suma educación entraron varias personas en el vagón sin permitir que algunos viajeros nos deslizáramos hacia el andén, por lo que una anciana cayó al suelo empujada. Tras dos minutos observando a la aquejada mujer sin que nadie, no solo no la ayudara a erguirse, sino que se dignara a no pisarla, le tendí mi mano en su socorro. Cierto es que su indumentaria y su aseo la llevaban a las postrimerías de la vagabundez.

He olvidado el resto.


Recuerdo, sin embargo, cómo entré en mi cuarto en la noche siguiente y cómo hallé la ventana abierta, con el gélido aire meciendo las cortinas. Grande fue mi enojo con mi progenitora. El oscuro cuarto estaba frío, lo clausuré y me tumbé sobre el edredón vino burdeos esperando la sinuosa venida de un nuevo sueño.


A mi mente llegó la salida del trabajo, el aire fresco regocijándose sobre el bello de mis antebrazos y nuca. Recuerdo un vehículo pequeño acercándose por mi derecha, y otro, mucho mayor, por mi izquierda, también cómo el pequeño vehículo frenaba para evitar una colisión, puesto que el conductor del magnífico no prestó atención a las señales y salió sin albergar duda alguna. Al ver al conductor del insignificante, esbozó una sonrisa suprema.

Llegaron los sonidos de mi coordinadora comentando con la supervisora un fatídico error de su compañera, el cual la privaría de su tan ansiado ascenso.

Acudió también a mi paladar el sabor del sándwich frío que hacía horas había ingerido y que había sido vomitado por una máquina.

Por último, me llegó el agrio olor de la prostituta extranjera que se me acercó torpemente para conseguir algo de dinero con el que poder pagar parte de su deuda con la mafia que la trajo aquí.

Creo que fue esa noche cuando comencé a sentirme así, rodeado de gigantescos edificios de piedra oscurecida por la increpante contaminación. Es siniestro, pero no recuerdo más de esa jornada.


Creo que fue anteayer cuando encontré de nuevo la ventana abierta. En esta ocasión no dije nada y asumí la escasa memoria de mi madre.


Comencé a sobrevolar el mundo de los sueños y volé hasta el vagón del metro, hasta el momento en el que nos hicieron descender al andén porque algún grupo mafioso, con presuntos fines terroristas, había colocado una bomba en la estación de tren. Nos vimos obligados a subir al nivel del negro pavimento para buscar otra soterrada boca rugiente que nos llevara a otro lugar. Creo que fue en una callejuela en obras donde lo vi. Me causó cierta impresión, y desconcierto también, pero ahí estaba, alto y robusto, como el edificio que lo contenía: un bazar. Las sombras de su puerta parecían diseñar extrañas formas que no se correspondían con lo previsible, y dentro, una inenarrable cantidad de objetos dispuestos en asimétricas combinaciones atestaban las estanterías y mesas de la tienda. Al fondo vislumbré una cenicienta luz, tenue pero vibrante, amarillenta pero rojiza. Desperté un instinto indagador, quería saber qué era ese lugar. Entré en el bazar, el olor rancio del polvo no movido desde insospechables décadas embargaba el habitáculo atropellando los sentidos. Miríadas de pasillos cobijaban estanterías semiderruidas en un abanico diverso de posibilidades, y al fondo, la luz. La oscuridad hizo que tropezara repetidas veces, no así un gato negro y gris que rondaba entre las lámparas, los libros, los vasos, los atizadores, las sábanas y demás. Me acercaba a la luz lenta pero inexorablemente, hasta ver que procedía de una rendija en la puerta entreabierta de un cuarto.


Me había despertado, estaba terminando de anochecer, pues se filtraba una pequeña penumbra violácea por debajo de la puerta de mi sellado cuarto. Acababa de tener un presentimiento sobre la causa de mi extraña sensación, creo que me sobrevino en ese bazar. Tenía que ir a descubrirlo, de lo contrario nunca sabría qué me sucedía. Tenía sed y hambre, pero no pude saciarme.

Cuanto más lejos miraba, más estático parecía ser el mundo. El tren estaba cuasi vacío y los muros, las casas, las personas se sucedían difusas, como espantajos de un mundo a medio construir, y sobre ellos y a su alrededor, la funesta noche sin estrellas los cubría con su negro manto, difuminando sus rostros, sus siluetas y sus personalidades.

Una vez en el bazar no tardé en abrir la puerta, su carcomido espectáculo hacía reticente a todo trasgresor de su umbral. La luz estaba allí, me esperaba anhelante, y el hambre y la sed me consumían. Me deslicé con sumo cuidado, no obstante, una voz proveniente del interior me llamó por mi nombre: era dulce y severa, me produjo deleite y aflicción.

Algo en mi interior me impulsó a abrir la puerta del todo, y algo en mi interior me gritaba que debía postergar ese momento indefinidamente. Ante mí se presentó una sala circular, con una mesa negra postmoderna de igual modo, con seis sillas altas de madera noble y terciopelo burdeos almohadillado por fundas. Había cinco personas sentadas sobre ellas invitándome a tomar el asiento restante que, casualmente, hallé frente a mí. En el orden natural para un diestro pude observar a una extraordinaria Mesalina, un encapuchado cual sacerdote de Apolo, un gigantesco Heracles, un nefasto Paris y un enigmático Pitágoras.

No pude esquivar su invitación.

No fue su mensaje, fueron su mesura, su complacencia lo que me arrulló y me meció en un duermevela. No puedo decir que me convencieran pero sí que me dominaron según su placer.

Bebí, primero despacio y cauteloso, luego ávido y sediento: parecía el sanguis.

Me sentí conducido fuera junto a ellos. Caminamos evitando que nuestra palidez sobresaltara a los espíritus supersticiosos. Entramos en una discoteca y nos ocultamos entre las sombras. Observamos durante unos instantes el deambular de almas perdidas en los mundos de los tripis, las anfetaminas y la amada maría.

No puedo ni debo describir la sensación de placer y control que me dio la incauta gogó al obligarla a descender de su alto pedestal para postrarse a mis pies con sólo un deseo. La acaricié, la besé, lamí su cuello, sin embargo, el placer se unió a la necesidad al llenarme de su plasma, inocente y rebelde. Al saciarme se despidieron de mí hasta una nueva noche, en la que me reeducarían en esta nueva vida.

Caminé solitario por las callejuelas de la ciudad. Recorrí los empedrados lugares de épocas pasadas que antaño se me antojaban mejores, en ese momento comprendí el absurdo devenir del tiempo que me esperaba.

Una mujer cíngara explicaba a su pequeña cómo pedir entre la muchedumbre. Oí un golpe, y luego la reprimenda de un hombre abofeteando a su mujer por intentar buscar un futuro mejor lejos de él.

Poco después, antes de retirarme a reposar, llegaron los ecos de una fiesta, una celebración en una plaza pública vallada. Aún perduraban algunos adoradores de algún endiosado equipo deportivo, y me llenó de esperanza saber que los humanos retenían la alegría por vivir en determinadas ocasiones. Verlos juntos, felices, concediéndose ayuda los unos a los otros fue para mí motivo de satisfacción.

Mi semblante cambió al comprobar los efectos de un reciente accidente que tuve por desgracia el honor de contemplar:

Un vehículo acababa de atropellar a la niña cíngara en un cruce de calles y se daba a la fuga, ahí firmó su sentencia. Seguí su estela con una rapidez extraordinaria. Cuando tuvo que detenerse porque un autobús obstaculizaba su huida de los remordimientos, lo alcancé. Una muñeca en manos de esa encantadora niña no hubiera sido tan manejable: lo saqué por la ventanilla, rompiendo el cristal con mi puño, luego, mostré mis dientes disfrutando con su pánico y horror, para a continuación deleitarme con algo de su sangre. Su corazón bobeaba con una fuerza inaudita. Poco a poco se fue apagando, perdiendo su vigor y velocidad. El conductor del autobús partió sin mirar atrás. Nos quedamos solos. La luna creciente iluminó débilmente la calle, el viento susurraba sobre el empedrado acallando los gemidos de mi víctima. Y cuando todo parecía que otra vida iba a llegar a su fin, paré, sentí remordimientos, un defecto de mi resto humano. Entonces le pregunté cómo se sentía por lo que acababa de hacer. Yo sabía la respuesta, pero necesitaba una excusa para concluir lo que me había dispuesto llevar a cabo, él, incauto, me complació, y no tuve más remedio que exterminarlo, o al menos es lo que me dije. Introduje mis dedos en su garganta y tiré en un estallido de furia, allí quedó tumbado, expirando, mientras su cuello yacía abierto y su carótida burbujeaba, el fino hilo de libamen se perdía entre los cantos.

Hay muchas razones por las que los humanos merecen seguir viviendo, como el amor, la esperanza, la alegría, aunque solamente unos pocos merecen el perdón. Por ellos siguen vivos los demás, a ellos les deben sus existencias, si no, los habríamos extinguido hace mucho tiempo.

No recuerdo mi último amanecer, ni mi último anochecer, ya no los necesito, soy un señor de la noche, ¿un ser supremo?

 

 



















 

El códice


 

A Pedro siempre le ha gustado leer y su afición le ha llevado a su actual trabajo: barrendero. Sus calificaciones en la Universidad fueron mediocres y el encarcelamiento del cabeza de familia, su padre, le obligó a abandonar sus estudios de Filosofía y Letras. Pedro tuvo suerte, pues continuó con los ideales comunistas de su familia y nunca fue apresado. Consiguió su puesto de funcionario público en los años de la Represión Franquista e intentó crear un sindicato de barrenderos. Su vida, al igual que la del resto de personas a las que la fortuna ha arruinado sus sueños, se había convertido en monótona. Bajo su responsabilidad caían las dos manzanas que rodean la calle General Ampudia, eso sí, su pulcritud le hizo famoso en el barrio durante dos décadas.

En la misma calle, en un bajo, se podía encontrar una imprenta, y en la trastienda, de forma ilegal, un grupo de desconocidos se reunían las noches de los viernes en una asociación que denominaron: “Grupo de Limpieza Esotérica”. Esto le hacía mucha gracia a Pedro: “¿Sabrán ellos qué significa esotérico?”, se decía. Sin embargo, no sólo se mofaba del nombre de la organización, sino también de los comunicados y los panfletos que promulgaban, muchos de los cuales venían a recabar en el cubo de la basura del edificio. En esa organización se solía desperdiciar mucho papel y Pedro lo recogía todo, lo llevaba a su casa, lo almacenaba y lo leía en sus ratos libres.

Cerca de la jubilación, Pedro decidió vender el piso en el que había vivido durante casi cuarenta años e irse a Benidorm con su esposa. Se acercaban las vacaciones de verano cuando, recogiendo y ordenando las pertenencias, encontró unos papeles de esa desaparecida asociación de lunáticos. Entre los escritos halló un trabajo encarpetado y escrito a máquina, su presentación le pareció demasiado formal para el lugar del que provenía. Le resultó sorprendente el no haberse percatado de ese artículo. De todos modos, decidió que lo leería cuando su ánimo se lo permitiera.

Cierta noche, no encontrando nada atractivo en la televisión, sacó la carpeta del cajón de su cómoda, encendió el flexo de su escritorio y comenzó a leer. El documento contenía unos folios grapados y una hoja adjunta con una presentación. En dicha hoja, un tal J. García, doctorado en latín medieval, escribía que lo que les iba a aportar el informe les iba a resultar de una importancia vital, puesto que lo descrito ahí procedía de un codex encontrado por él dentro del famoso Beato de León. El codex estaba formado por dos quaterniones cosidos a mano, el texto venía a dos columnas, con los restos del pautado a lápiz, escrito en latín medieval con letra semiuncial y con ausencia de cursus. En el documento, el doctor García argumentaba con un estudio paleográfico y filológico, que se adjuntaba en un apéndice, que el texto debía datar del siglo VII. Cerca del final se daba una disculpa a la falta de rigor científico en los comentarios y la traducción del original, ya que ese informe era una primera intuición de un profundo estudio que estaba realizando. A continuación se ofrecía la traducción, y por último, se firmaba el escrito el 27 de febrero de 1970, hacía ya doce años.

Según me explicó posteriormente mi hermano, Pedro, el texto parecía el relato de una vida, más concretamente, de un momento especial en la vida de un tal Simón. En una glosa explicativa se decía que el tal Simón debió narrar los hechos a algún escriba de algún monasterio y éste lo copió. Al parecer, se explicaba en el mismo comentario que se había intentado mantener la sintaxis latina en la traducción, por lo que la interpretación de algunos fragmentos creó pequeños inconvenientes a mi hermano.

La historia comenzaba con una descripción de Simón, como una persona creyente, alta, robusta y de alma pura. A continuación se decía que en una noche de junio del “año de Nuestro Señor de DCLXVI”, Simón iba por un sendero de pastoreo, cuidando del rebaño de ovejas de su señor, cuando en la ladera de un desfiladero le apareció un cabrón negro. Era hermosísimo y el bueno de Simón lo contempló durante un tiempo. Poco después empezó a llover y con la ayuda de su perro pastor, metió a todo el rebaño en un repecho cercano. El cabrón le siguió esperando y Simón fue en su busca. Lo siguió por laderas, llanos y valles hasta que llegaron a una fuente bajo un enorme pino. El animal bebió del agua y entró en un florido jardín. El pastor lo siguió. Una vez dentro, el “negro cornudo” se dirigió a una cueva y se perdió en la oscuridad. Simón dudó por unos momentos, pero al final decidió perseguirlo hasta el final. Al entrar, se dio cuenta de que había luz, luz natural, luz de hoguera. Caminó por un pasadizo pulimentado hasta llegar a una sala muy extraña: formaba un hexaedro perfecto en cuyo interior había un altar pagano. Simón se acercó y vio sangre reseca en la piedra negra del monumento, con lo que salió corriendo de la cueva, atravesó el florido jardín yendo a tropezar con la raíz de un gran pino. Cuando se levantó “todo le pareció un sueño”, pues no vio el jardín, ni la cueva, ni al cabrón, tan solo el majestuoso árbol y la fuente. Retornó al hogar con el corazón aliviado. Ya en casa, tras dejar las ovejas en el redil del señor, se sentó en la mesa y su buena mujer le preparó una cena. Al amanecer del día siguiente, fue al redil y encontró llorando y mesándose los cabellos a su señor, el cual le contó que su bebé, su Ricardo, había desaparecido junto con su aya. Simón siempre había sido muy fiel a su señor, y el pequeño Ricardo siempre le sonreía al verle pasar. Fue a buscar al aya a su casa pero no estaba, luego fue a la iglesia, donde tuvo mayor suerte. La anciana lloraba y lloraba, derramando “cientos de lágrimas” por haber perdido al niño. La mujer le contó que una bruja había venido volando por los aires y se había llevado a la criatura. A ella la hechizó y la dejó muda para que no gritara en ese momento. Luego, por miedo a su señor, había huido a casa de Dios. Entonces Simón recordó su sueño y se lo explicó al sacerdote, éste, se llenó de ira ante el mal presagio saliendo a todo correr gritando: “¡El Ángel Caído a nuestro hogar ha llegado, y el pastor Simón su cómplice es”. El bueno de Simón, asustado, salió corriendo en dirección a la montaña donde vio por primera vez al macho cabrío. Cuando pisó el lugar estaba entrada la noche. Caminó por el escarpado sendero que tan sencillo le resultó en la primera ocasión. “La niebla la Tierra invadió, Satanás, con su manto, el mundo entre tinieblas cubrió”. Un lobo aulló. A Simón se le heló “el alma” y empezó a temblar por el frío y el miedo. Alcanzó un saliente y ante si encontró un enorme lobo negro, con sus dos ojos mirándole fijamente. Simón sacó su hoz y se irguió junto al precipicio, “el engendro del Diablo” gruñó, enseñó los colmillos, cogió impulso y saltó sobre Simón, éste tropezó con una piedra y viendo que si se apartaba, tal vez el lobo caería al barranco, se dejó tumbar. Así fue, el lobo rozó su ropa, rasgándola e hiriéndole en el hombro y se perdió en el abismo lanzando alaridos. Aunque Simón escuchó, no logró oír el choque del cuerpo contra el suelo. Simón continuó con más miedo si cabe.

Se acercaba el alba de San Juan, cuando llegó al “florido jardín” junto a la fuente. Sin embargo, ya sólo quedaban unos matojos muertos y unas yerbas secas. El alto pino se había convertido en un deshojado sauce con el negro tronco lleno de ranuras por las que se veía un avispero. De la caverna salían luces rojas y verdes. Simón, portando la hoz en la “diestra”, entró en la cueva, caminó por el pasillo pulimentado y observó el hexaedro, dentro, varias mujeres bailaban desnudas alrededor de una hoguera que lanzaba destellos rojos y verdes. En el centro, sobre el altar, estaba llorando el niño de su señor. Entonces, las brujas empezaron a cantar a la vez que giraban y lanzaban alaridos.

En esta línea aparecía una glosa del investigador que advertía que en el texto original se escribía un versus y se invertía el sentido, no obstante, en el momento en el que mandó la carta a la asociación, todavía seguía desentrañando el sentido de los versos.

Después, Simón vio cómo del fuego surgía un monstruo con cabeza de macho cabrío, brazos de hombre, pechos de mujer, alas de águila, patas de cabra y torso escamoso. Tenía en su frente, bajo una larga corona de tres hojas, una cruz de cinco puntas, y en su pecho, tatuado, un escudo que tenía en su centro dos serpientes cruzadas enfrentándose. Desde su escondrijo Simón pudo ver que el cielo se tiñó de sangre y que la luna se volvió negra. Las brujas, sin que las dañara el fuego, se fueron acercando al demonio y copularon como animales en celo con la bestia, de una en una, y lanzando gritos lujuriosos que hirieron la inocencia del pastor. Una vez la primera hubo terminado, su vientre se hinchó, albergando seguramente un íncubo. Entonces se acercó a Ricardo, colocado sobre el altar y levantó una daga de dos puntas. Simón no pudo contener su ánimo y entró a todo correr en la sala, decapitó de un golpe a la ramera del Diablo y cogió al niño. Cuando se disponía a huir, el Diablo chilló y la gruta se cerró. El manuscrito decía que Simón peleó como un gran guerrero, rasgó músculos, cercenó miembros y hundió su hoz en el pecho de las brujas. Pero éstas se volvían a levantar, indemnes. Simón vio un reloj de arena entre las garras del demonio, y cuando cayó el último grano, el Diablo desapareció, la gruta se abrió y las brujas no volvieron a levantarse. Con el sol ya en lo alto, llegó a casa de su señor, donde fue acogido con júbilo y fue nombrado “gran pastor de los rebaños del señor”.

Pedro terminó de leer el informe y le asaltó una duda:¿estaría vivo todavía el estudioso? No lo creyó. Debía haber fallecido hacía mucho, un cáncer, el SIDA, una guerra, un accidente de tráfico, un atraco, tal vez de hambre en África o en Asia, tal vez mendigando, tal vez por la edad.

Espero que ustedes comprendan el pesar de mi hermano cuando llamó a la casa del investigador y le dijeron que Juan había muerto “el 28 de febrero de 1970 de un infarto al corazón”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 














Meiga



 

Noche de Todos los Santos. Hasta hoy creía que era una noche como las demás, pero ya nunca lo será.

La luna llena nos observaba en su máxima plenitud, y me sentía incapaz de apartar la mirada de ella, me tenía absorbido y compungido. Creo que me había hechizado, aunque yo no creía en esos cuentos de viejas. Javi me sacó de mi ensimismamiento diciendo: “Si miras mucho la luna te volverá loco, imbécil”. Miré la hora: más de media noche y los efectos del alcohol no habían bajado en su intensidad. Hasta ese momento no pude recordar por qué me había quedado obnubilado mirando a la hermosa luna, supongo que se debía a que la borrachera que pesaba sobre mi cabeza me hacía ver todo deforme y me incitaba a vomitar. El mareo iba en aumento, ya que la carretera comarcal 6, como usted sabrá, tiene muchas curvas, y los cubatas la hacían parecer más ondulada de lo que en realidad era. Si a esto le unimos que hacía mucho frío, que la calefacción estaba al máximo y que Javi tampoco se encontraba muy sereno, el inminente vómito no podía tardar en llegar. Por suerte, mi cerebro, aunque algo trastornado, aún funcionaba, y decidí volver los ojos al satélite. En el recorrido de mi mirada capté algo, una forma que se movía entre el espeso follaje al lado derecho de la carretera. Creí que se trataba de un ave nocturna, porque corría tanto como el coche de Javi. De pronto, volví a ver esa sombra, su envergadura era muy superior. Al poco volví a ver la sombra, en ese momento comprendí que tenía patas. Inmediatamente después, oí unos gritos en la espesura por el mismo lado por el que antes había visto en tres ocasiones al animal. Javi continuaba gritando las típicas bromas absurdas de las que hace gala cada vez que bebe un poco de más. De repente, prorrumpió una algarabía de gritos, voces y ladridos que interrumpieron el interminable y aburrido discurso de Javi. Él escuchó por unos instantes, y volvimos a ver la sombra entre la espesura. Javi creyó que estaban de caza y continuó gritando. Al ver que me sentía preocupado empezó a cantar una canción a la que no presté atención. Oímos un disparo y volvimos a ver la esbelta sombra en el bosque y pudimos observar que tenía forma semihumana. Javi quiso tranquilizarme y metió en el casete una cinta y sonó la canción “Enter Sandman”. Esa música sí atrajo mi atención, y tras esperar un par de minutos y no volver a ver a la sombra comenzamos a cantar, intentando apartar el miedo de nuestras mentes. La brillante luz de la luna dejó de iluminarnos, miré al cielo pero no había nubes, y sin embargo, no logré encontrarla en aquella oscuridad. De nuevo las voces volvieron a oírse, ahora más cercanas y claras, aunque de entre la maraña de sonidos solamente pude extraer una palabra: “Meiga”. Javi apretó el acelerador a fondo y salimos a una especie de altiplano, desde ahí divisamos a nuestra espalda una hilera de antorchas, y al frente, un cruce de caminos, medio cubierto por hojas secas y ramas torcidas. Javi continuó a gran velocidad y de improviso, la sombra intentó atravesar el cruce, Pedro no pudo reaccionar y el lateral del coche la golpeó. Oímos un grito agudo estridente. Le dije a Javi que parara porque habíamos atropellado a alguien o algo, él se negó argumentando que nadie nos había visto y que él no iría a la cárcel por “un estúpido peatón suicida”. El vehículo volvió a entrar en curvas, pero esta vez, y tras el susto, estas no se complicaban con los efectos del alcohol, a pesar de eso, en ese momento sentía náuseas y sudor frío. No tenía valor para oponerme a Javi, él siempre había sido el más fuerte del barrio y un gran testarudo, así pues, continuamos la marcha callados y acongojados. Unos minutos después oí una voz en mi cabeza que murmuraba palabras ininteligibles. Creí que se trataba del zumbido de una mosca, pero el murmullo no cejaba en su empeño. De pronto paró, en el mismo instante en el que sonaba un disparo sordo. Miré a Javi y tenía la misma expresión que yo. Después, suspiró aliviado y continuamos el camino atravesando otro cruce. Un rayó cayó dos valles más allá, y el trueno no tardó en llegar. Todo quedó en calma, la calma que precede al infierno. No se movía el pasto, no se oía a los animales de la noche, tan solo el rugido del motor. Y llegó la lluvia, una lluvia fortísima que se desplomó sobre el coche, haciendo que el sonido del chocar de las gotas contra la chapa se volviera ensordecedor. Nos acercamos a otro cruce y este me pareció extrañamente familiar, pero, cómo no, Javi me dijo que todos los cruces en la zona se parecían. El diluvio siguió ininterrumpidamente, las curvas no tenían fin. El árbol, el mismo árbol que ocultaba la señal de dirección en el cruce anterior estaba ahí delante: era ancho, retorcido y hueco, de unos cinco metros de altura, y el cruce junto a él, el mismo cruce, que seguramente se venía repitiendo desde las palabras, esas malditas palabras que habían conseguido que todo mi cuerpo se estremeciera. Javi pasó por el cruce aterrado. No quise que fuera el mismo árbol y el mismo cruce, pues parecía que él también se había percatado. No tuvimos valor para volver la cabeza. Los giros se repitieron, las manchas en la carretera también, y la lluvia arreciaba mucho más, impidiendo prácticamente la visibilidad. A lo lejos, tras unos minutos, reapareció el cruce, el árbol nos observaba orgulloso y tenebroso y mi mente se eclipsó. Atravesemos el cruce maldito y Javi volvió la cabeza, le miré, su rostro palideció, miró al frente y todo quedó negro. Poco a poco unas luces cegadoras se fundieron en una sola que no me permitía ver nada. Por unos instantes creí morir y ver la luz que dicen que nos lleva al fin. Sentí que recuperaba la conciencia y las formas fueron definiéndose a la vez que comencé a oír los ruidos de la civilización. Como en mi ciudad. Nunca volveré a ir de marcha. Abrí los ojos, sentí que me encontraba sobre una camilla, en dirección a una ambulancia. El coche estaba destrozado, de fondo oí una conversación entre lo que debía ser un agente y un hombre del lugar. El segundo dijo que él y unos amigos suyos estaban de caza y al oír el estruendo fueron a ayudar y llamaron al hospital. Reposé la cabeza sobre la camilla y dirigí mi mirada al cielo, despejado, estrellado, y con una luna llena muy hermosa, bella y brillante.

 

Espero que le haya gustado. Ahora cuénteme su historia, en estas camas uno se harta del silencio.